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Mediar la lectura desde una mirada transgresora

Gudelia Delgado Meza/Costraste Político

¿Es posible ejercer una mediación de lectura con perspectiva de género? Sí, y es un ejercicio no sólo deseable, sino necesario. De no hacerlo, corremos el riesgo de convertirnos en cómplices de un sistema que normaliza el sometimiento, usa la violencia como forma de control y atropella los derechos humanos.

Nacemos machos o hembras. Nuestro sexo determina las características biológicas y fisiológicas que poseemos. El género, en cambio, es una construcción social, un sistema de valores y creencias que nos es culturalmente impuesto y rige nuestro deber ser mujer                —género femenino— y nuestro deber ser hombre —género masculino—. Este régimen es limitante e injusto, toda vez que el sistema patriarcal en que vivimos otorga supremacía al género masculino e inferioriza al femenino; esta desigualdad es la raíz de la violencia estructural que padecemos las mujeres.

¿El género moldea nuestra lectura del mundo? Sí, y no sólo eso, el género atraviesa absolutamente todo lo que somos, pensamos y hacemos; percibámoslo o no, aceptémoslo o no, el género está en, desde, con, sobre nosotros, en eso consiste su tirana transversalidad. De ahí que las feministas pugnemos por la abolición de los géneros, porque, mientras sigamos perpetuando los roles y estereotipos de una sociedad heteronormada, las mujeres no accederemos plenamente a la libertad ni a la justicia.

La mediación de lectura, esa actividad que generalmente desarrollamos lectoras y lectores que deseamos detonar en otras personas el interés de leer es, por naturaleza, una práctica libre y liberadora, porque, como expresa Graciela Montes (2006):

La del lector es una postura única, inconfundible, que supone un cierto recogimiento y una toma de distancia, un “ponerse al margen” para, desde ahí, producir observación, conciencia, viaje, pregunta, sentido, crítica, pensamiento. Exactamente lo contrario del autómata. Lo contrario de quien funciona irreflexivamente, obedece consignas o reproduce a pie juntillas los modelos. (p.2)

La mediación implica un punto de encuentro, una suma de posibilidades, una sinergia que nace y crece en la horizontalidad. Nuestra tarea mediadora es lo contrario de la imposición. Luego entonces, debemos revisar nuestras prácticas mediadoras para asegurarnos de desarrollarlas con perspectiva de género.

¿Qué es la perspectiva de género? Si bien este concepto irrumpió hace más de cuatro décadas en la escena mundial, como una necesidad de visibilizar las desigualdades de derechos entre hombres y mujeres, es en los años recientes —con el advenimiento de la cuarta ola del feminismo—, cuando cobra auge. En palabras de María Florencia Cremona (2017):

La perspectiva de género es una opción política para develar la posición de desigualdad y subordinación de las mujeres en relación a los varones, pero también es una perspectiva que permite ver y denunciar los modos de construir y pensar las identidades sexuales desde una concepción de heterosexualidad normativa y obligatoria que excluye. (p.14)

Las feministas tratamos de hacer de esta perspectiva una forma de vida, una visión que todo lo abarca y todo lo transforma, pero también atestiguamos, con profunda frustración, que el concepto, en su significado y ejercicio, se frivoliza y corrompe. Instancias públicas y privadas, en su avidez de crear una imagen de “inclusión”, “democracia”, “equidad” entre tantas otras ideas “progresistas”, colocan la perspectiva de género como una asignatura extra, como una actividad que puede permanecer ajena a la cotidianidad, siendo que es en ésta donde debe generarse y reproducirse.

La incorporación de la perspectiva de género en la mediación de lectura —como en cualquier otro ámbito— no puede darse por decreto. Se requiere, en primer lugar, del convencimiento pleno de quien ejecuta la mediación. Las y los mediadores debemos abrirnos a la reflexión y al análisis de lo que hacemos, hacerlo desde una mirada oblicua, una posición sin privilegios; sumergirnos, libres de prejuicios, en las literaturas feministas, en el encuentro con defensoras de los derechos de las mujeres, en las ideas que promueven los hombres que ejercen nuevas masculinidades, el punto es abandonar la historia única, ya que ,“El relato único crea estereotipos, y el problema con los estereotipos no es que sean falsos, sino que son incompletos. Convierten un relato en el único relato.”1.

En la medida en que seamos conscientes de las desigualdades e injusticias producidas por el constructo género, tendremos, además de la disposición, la necesidad de leer el mundo desde otra óptica y ofrecer, a nuestras comunidades lectoras, una extensa variedad de gafas para ver desconfigurarse los géneros.

No basta con acrecentar el acervo literario que se ofrece con obras escritas por niñas y mujeres; no es suficiente con poner al alcance de las y los lectores potenciales, historias que rompen con los cánones; hay que hacer eso, pero hay que hacer más: transformar el lenguaje que empleamos para hacerlo inclusivo, modificar las actividades que sugerimos para que no obedezcan a los mandatos de lo “femenino” y lo “masculino”, cuestionarnos y fomentar el cuestionamiento, buscar permanente y sistemáticamente que fluyan las dudas y no que nos aten las certezas. Es preciso innovar, arriesgarse, salir de la zona de confort, transgredir, empujar la mediación lectora hacia diversos caminos, para que niñas y niños, hombres y mujeres, encuentren representaciones, referentes, significantes que les desvelen un mundo más allá de los estereotipos de género: un mundo libre de ellos.

Vayamos a la lectura del mundo, desde una visión renovada, con perspectiva de género, en la vindicación del derecho de niñas y mujeres a leer y ser leídas. Vayamos con una mirada y una actitud transgresora.

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