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*ODISEO CONFINADO* Por Gamaliel Sánchez Salinas

*ODISEO CONFINADO*

*Federico Torreblanca: Es riquísimo bailar ballet clásico porque musicalizas una flor sintiéndote una flor*

15/04/2022

_Gamaliel Sánchez Salinas_/CONTRASTE POLÍTICO

Federico tenía cinco años y se la pasaba brincando en todos los espacios de su casa. Su padre, uno de los mejores sastres de la ciudad de Xalapa, lo miraba complacido desde su mesa de corte, tiza en la mano y sonrisa en sus labios.

Federico disfrutaba de lo fresco de las baldosas en la planta de sus pies y de las sacudidas que su infantil cuerpo experimentaba en cada salto. Su mamá también lo observaba y procuraba que esos espacios estuvieran libres de polvo.
Saltando de un lado a otro, Federico se deslizaba por la vida. Fue en quinto grado, que su maestra, exasperada, lanzó el vaticinio: «¡Federico, tú serás bailarín!». Él siguió brincando, en realidad soñaba con ser arquitecto o músico.

«Yo siempre, camino a la escuela, pasaba por una casa donde había un restirador, era una casa de arquitectos. Y me preguntaba qué pensará un arquitecto y deseaba serlo.

Otras veces me asaltaba el pensamiento de ver grande a mi mamá y tocar el piano para ella, quería ser un pianista famoso para orgullo de mi madre», dice Federico Torreblanca, maestro de danza por más de 30 años en el Centro de Estudios e Investigación de las Bellas Artes (CEIBA), en mesa del café Parissi.

Cuando tenía catorce años comenzó a sentir una dolencia en uno de sus testículos, pero no decía nada porque lo aterraba la posibilidad de una intervención quirúrgica. La enfermedad, silenciosa, avanzaba y le impedía asistir de manera regular a la escuela. Lo que lo convirtió en alumno deficiente. «Estuve 5 años en la secundaria, algunas materias se me hacían bastante difíciles, fue con muchas dificultades que pude terminar. Sin embargo, ese tiempo en casa lo aprovechaba observando a mi padre trabajar en su máquina de coser y escuchando la radio, la Sonora Matancera, solía ser lo más ‘chunchanquero’ que escuchábamos, porque a mi papá le gustaba la buena música y nos llevaba al teatro, a los conciertos de grandes orquestas», la evocación le pinta una sonrisa.
En el camino quedaron sus inclinaciones por la arquitectura y la música que fueron sustituidas por el deseo de incursionar en el mundo de la locución. «Mi sueño era ser locutor, imitaba a Ken Smith, tejano locutor de la primera estación de radio FM en México; Stereo Rey, que tenía su sede en Monterrey, pero en Xalapa había una filial».

Cuando consideró que estaba listo partió a la Ciudad de México a presentar examen para obtener la licencia de locutor. Los resultados no fueron los que esperaba. Entonces regresó a Xalapa con la vocación y los ánimos maltrechos.

En esa época le preocupaba mucho la actitud estalinista que el Estado y la sociedad tenían para con la homosexualidad. «A mí me gustaba mi cabellito largo, pero no… Un día alguien me hizo pts, pts y allá me fui tras él, me presentó gente. Otro día, buscándolo a él, llegué a un teatro, abrí una puerta y lo que vi me fascinó. Pero mi dolencia, que yo considero era un conato de cáncer, me preocupaba y me sumía en la depresión que trataba de corregir con Valium. Pese a eso, o tal vez por eso, yo entré a la danza. Recuerdo que estaba yo aprendiendo a escribir a máquina con un método que me encontré en la basura, lo recuperé y me puse a darle a las teclas. En eso estaba cuando un amigo tocó el cristal de mi ventana y me dijo: ¡Vámonos al teatro! En el teatro estaban un trío y tres gordas haciendo danza contemporánea y yo dije: De aquí soy».

En aquella época, cuenta Federico, la danza en su ciudad estaba relacionada con la homosexualidad, las drogas y el total despapaye. Recuerda tener un libro evangélico de entonces que consideraba a Xalapa una Sodoma o una Gomorra. La primera vez que asistió a un taller de danza entró a las 9 de la mañana y salió a las 10 de la noche. «Empecé a asistir a diario porque me gustaba la danza, pero también porque había más ‘jotitos’. Mis amigos, como negándome la capacidad para lo contemporáneo, me preguntaban: ¿Vas a montar valses de XV años? Eso es para las mujeres», rememora molesto. Su madre le pidió se buscara un oficio, como no quería ser sastre como su papá se fue a una tapicería con el señor Palmero. Un día tomó un retazo de tela y lo guardó para hacerse una bolsa. «El señor Palmero me vio y me preguntó para qué quería la tela, le dije que pretendía hacerme una bolsa para guardar mis mallas. Ah, eres joto como el de acá arriba, me dijo. Después supe que se refería a su hijo, quien era bailarín profesional en la Ciudad de México«.

Federico pronto se hizo de amigos en el ámbito del teatro y la danza, homosexuales todos, con los que asistía al centro de la ciudad. Con ellos visitaba el Parque Juárez punto de encuentro de la comunidad gay de la época. Iba con el temor de ser visto por su hermano, a lo demás no le temía porque, pese a su corta edad, Federico ya había experimentado acosos, abusos y violaciones.

Tenía un año ya de transitar por los caminos de la danza, regresaba de tomar un taller en la ciudad de México, cuando los dolores intensos llegaron, pronto fue auscultado por los médicos y decidieron intervenirlo. Fue operado con resultados exitosos. Cuando se recuperó decide inscribirse a la facultad de danza. Su madre temía que su hijo se perdiera en lo que ella consideraba ese mundo de locura, pero al final aceptó. «Entro a presentar el examen y nos dicen: los que estuvieron en el taller no lo hagan y ahí va el necio, me meto y me rechazan dos personajes; Xavier Francis y Rodolfo Reyes». No faltó alguien que le dijera que tenía que pelear su lugar y allá fue a buscar a Rodolfo Reyes, director de la facultad, quien lo descalificó por ser chaparro, por no tener fuerza y observar conducta dudosa. Federico, indignado por lo último, se defendió enérgico: jamás le he faltado el respeto a la universidad, mis amistades son eso, mis amistades. «Eso me molestó mucho y fue la ocasión en que tuve que hacer uso de mis huevos del tamaño en que los tengo, hubiera yo matado», dice y la indignación parece volver.
Con el rechazo a cuestas vio cómo sus compañeros avanzaban. Fuera ya de ese círculo, Federico, creó otros más amplios, más diversos (heteros, lesbianas y homosexuales) con los que conversaba y convivía. En ese camino se relacionó con artistas de otras disciplinas, como la actriz Lisa Owen. Sin embargo, asistía a las clases de la facultad de danza sin estar inscrito, pero se cansó. «Me fui, me agarré por ahí de alguien, íbamos a poner una tortería. Tú sí puedes, me decía, pero no pude ni con la tortería ni con él. Él quería seguir en el alcohol y yo no». Entonces se alejó de la danza y de esas amistades y consiguió trabajo en una empresa de autobuses. Dejó de tomar porque le daban ataques de llanto y fueron Donna Summer y Silver Convention, quienes lo acompañaban. En su casa bailaba Sobrevivir y Fly Robin Fly hasta caer exhausto pero lleno de gozo.

Un día su hermano lo invita a acudir con una cartomanciana para dilucidar pasado y futuro. Ya antes, cuando niño, su padre lo había llevado con una médium. La mujer que leía las cartas resultó ser sobrina de aquella. En su lectura encontró los brincos de Federico, también encontró luces iluminándolo mientras brincaba, igual vio gente apagando esas luces y evitando que brincara. «¡No te dejes, tú puedes!», fue el consejo de aquella lectora de cartas. Así que una tarde se alistó para ir al teatro, regresaba al ambiente del que había estado alejado por más de dos años. Volver a ese entorno lo convenció de intentar una vez más. Ya no estaban Xavier Francis ni Rodolfo Reyes. Volvió a la facultad. Y ahí, al lado de Rocío Sagaón, la coreógrafa a la que Andrés Henestrosa llamó la mejor bailarina de danza moderna que ha tenido México, al lado de Tonio Torres, bailarín premio nacional y maestro de danza, al lado de Yocasta Gallardo, bailarina y coreógrafa, entre otros, Federico Torreblanca. «¿Cómo pude yo estar en esa clase? No lo sé pero yo ahí estaba a lado de los maestros, los bailarines de la compañía y de la más grande: Rocío Sagaón. Después de eso yo entraba a las clases que quería. Por la mañana me iba a hacer los ejercicios solo, por la tarde iba a tomar clases. A veces tomaba hasta tres clases al día, sin ser alumno de la facultad», recuerda y sonríe con picardía.

Un día Federico fue llamado a la dirección de la facultad y le dijeron que le darían una beca, él dijo que no era alumno y no les importó, le dieron la beca. Federico recuerda que no le gustaba la imagen dulce de ballet clásico, aunque considera que es riquísimo bailar ballet clásico porque musicalizas una flor pensando que eres una flor. Por cinco años, tiempo que duró la beca, Federico bailó, recibió cursos, talleres y enseñó. Lo anterior fortaleció su espíritu crítico y lo dejaba salir cada vez que era necesario. «Nunca compares folclor con contemporáneo, contemporáneo es otro medio, otro sistema de trabajo, es otra la composición, hasta la iluminación es diferente», apunta.

En 1984 Federico Torreblanca vino, por primera vez, a trabajar a Villahermosa. Lo hizo acompañado por el bailarín Hugo Romero. Fue acá, en esa misma época, que trabajó con Jaime Blanc, del Ballet Nacional, Luis Fandiño, Guillermina Bravo, Graciela Enríquez, Alejando Schwartz… Años después lo invitarían a quedarse como docente en el CEIBA, avalado por la facultad de danza que nunca lo aceptó como alumno, pero que le ha brindado reconocimientos. «La misma facultad me dio una medalla a los 15 años, la misma facultad me mencionó como decano, la misma facultad me propuso a un premio en San Luis Potosí, la misma pinche facultad de alguna manera siempre me ha apoyado, aún se sigue hablando de mí en sus pasillos, lo que agradezco», afirma.

Con más de 30 años en el trópico, Federico Torreblanca lamenta que en el estado solo exista apoyo para el folclor y no se tomen en cuenta otras áreas desde el lado institucional, que no exista un espacio independiente que promueva la danza y otras disciplinas. Comentar el tema le trae el recuerdo de la invitación oficial que la misma Guillermina Álvarez Bravo le hiciera para ir a compartir su experiencia por dos años a Querétaro, y que un burócrata cultural de apellido Bartilotti, con la mano en la cintura, bloqueara, con burocrático pretexto. «En Tabasco no ha faltado quien cuestione mi trabajo, pero yo he tenido a bien guardar evidencias de éste; como bailarín, como docente y como alumno. Siempre estoy tomando cursos, pues uno nunca deja de aprender», dice y estira la mano para despedirse.

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