OPINIÓN

#MundoRaro/ Mensajes

Por Ornán Gómez

#MundoRaro/ Mensajes

Ornán Gómez/Contraste Político

Mamá llamó y dijo que soñó que dos personas —uno vestido de blanco y otro de negro—, fueron por mí. Que estábamos en casa cuando ellos aparecieron.

Eran altos, anchos y musculosos. Tenían el cabello largo y mirada de buitre. El de blanco se abalanzó contra mí y empezó a arrastrarme hacia una puerta. El de negro se limitó a franquear la entrada y nada pudieron hacer mi hermano y mi madre que luchaban por evitar que me llevaran. Mamá estaba angustiada cuando llamó. ¿Qué significa?, me preguntó.

Quizá nos estás pensando mucho, se me ocurrió decir porque mamá se mortifica al pensarnos. Quizá es consecuencia de tener a dos hijos rebeldes. Mamá es de las mujeres que todo lo que sueña tiene que contarlo, porque de esa manera —aprendió de mis abuelos—, aleja el mal presagio que pueda estar cerca de alguno de la familia.

Siempre tomo en cuenta lo que me dice porque en las ocasiones en que me he accidentando, mi madre los ha presentido. Lo comprobé una ocasión en que mi hermano no llegaba a casa y ella no podía dormir. Le hizo una infinidad de llamadas al teléfono y todas terminaban en el buzón.

Pasada la media noche, alguien respondió el teléfono. Su hijo se accidentó, dijo la voz. Mi madre pegó un grito que terminó por despertarnos a todos. Creo que su amor de madre va más allá de este mundo y por ello presiente cosas. Le dije que no se preocupara. Que no saliera de casa. Que se cuidara. Que yo estaba bien y que mis hijos también. Sin embargo, no le dije lo que está sucediendo.

La primera es que he estado soñando cosas que me desconciertan. Vuelvo a la colonia donde empecé como maestro. Veo la casita hecha de tablas y lámina de cinc. Adentro está la cama hecha con tablas y sin cobijas. Por alguna razón, llego en un coche que no podría transitar por aquellos caminos. Es de noche y llueve. Hay truenos y granizos que se estrellan contra el techo. Me veo solo en aquella habitación.

No puede ser, me digo. ¿Qué hago aquí? Una voz me responde que allí me quedaré. Trato de negarme, pero no puedo. Está bien, digo. Me quedaré, y pienso en las cosas que tengo pendiente en la ciudad donde vivo. Es cuando me angustio y la lluvia se hace más fuerte. Lo cuento porque todo el tiempo me veo desde algún lugar. Uno es el que está en la habitación y el otro lejos de él, pero desde donde puede observar sus movimientos y pensamientos. Luego me recuesto en aquella cama que está a mitad de la casa.

Los sueños son reiterativos. Justo anoche me soñé en otro pueblo desconocido. En un primer momento yo caminaba de aquí para allá en busca de una mujer casada—amiga mía—, con la que tenía una relación amorosa. Me decía lo mucho que me amaba, pero que no podía dejar a su familia por mí. Ambos, para mi sorpresa, éramos demasiado jóvenes. Casi adolescentes. Lo curioso es que, en la última parte del sueño, yo estaba sobre una cama en el centro de una habitación casi en penumbras.

Del techo colgaba una bombilla amarillenta. Ella estaba frente a mí y tenía el rostro cubierto con velo negro. Éramos mayores. Fui muy feliz a tu lado, decía y se enjugaba las lágrimas con un pañuelo. No entendía por qué lloraba y porqué estábamos en esa habitación casi a oscuras. Yo tenía el semblante rígido y los ojos cerrados. Aún así, sabía lo que pasaba. Ya vete, dijo. No voy a dejar a mi familia por ti. Ya no me busques, y lloró con más fuerza. ¡Descansa en paz!, y me besó en la frente. Lo último que vi, fue su semblante pálido y una sonrisa maliciosa que le iluminaba el rostro. Luego desperté.

Cuando mi madre habló y me contó su sueño, tampoco le dije que hace un par de noches escuché y vi cosas. La primera sucedió pasada la media noche. Me había echado a dormir a eso de las diez. Estaba soñando que estaba en la colonia donde me inicié como maestro, cuando tres golpes en la puerta de mi habitación me despertaron. Todo estaba en silencio y me quedé mirando la oscuridad. Nada se repitió y tampoco sucedió otra cosa. Afuera, el viento aullaba como sucede en los cuentos de Allan Poe. Después de unos minutos me dormí, no sin antes pensar en lo simbólico de aquellos tres golpes.

Otra noche, cuando meditaba, escuché que una voz me dijo: ¡Despierta! Abrí los ojos y no vi nada, pero tenía los vellos del cuerpo erizados. Me quedé mirando al techo con la sensación de que estaban sucediendo cosas que me generan más incertidumbres de las que por sí ya tengo. ¿Qué sucede?


Como si esto fuera poco, ayer, mientras hacía la limpieza de la casa, me topé con una fotografía que ya no recordaba. En ella aparezco con el cabello largo y serio. Tengo un saco azul y unas calcetas rotas de los pies. Estoy, como en mi sueño, en la casa que habité cuando llegué a Suluphuits, donde conocí a don Antonio, personaje central de mi novela «Anoche mataron a mi nahual».

Esto no resultaría nada extraño, si ayer mismo, por la tarde, no hubiera recibido una llamada de mi amigo Manuel originario de Suluphuits y que mi amiga, la del sueño, no trabajara como maestra en una colonia que se ubica a escasos kilómetros de Suluphuits. ¿Extraño no? Pero de esto no le cuento a mamá porque querría venir a verme de inmediato para hacer sus conjuros y alejar las malas vibras que me están fascinando.

Mientras observaba la imagen, un golpe me sacó de mis cavilaciones. En la cocina, la puerta del refrigerador se cerró de golpe.

Botón volver arriba
Cerrar