miércoles , junio 23 2021
Home / CULTURA / Mundo Raro. La felicidad también está en el llanto

Mundo Raro. La felicidad también está en el llanto

 Ornán Gómez  

Está anocheciendo y los pájaros vuelan en las ramas de los árboles, señor K. Pían y su canto se pierde en el silencio que brota de las cavernas. De ese silencio espeso que envuelve las montañas y los caminos que serpentean en su entraña. Los árboles, obedientes, se mecen con el viento. Más allá, por el rumbo de donde se yerguen unos sabinos altísimos y frondosos, las vacas mugen. Bramidos que despiertan la tristeza, pienso melancólico mientras las garzas atraviesan el horizonte. Luego, un poco más cerca, la torcaza emite un quejido que me despierta el deseo de llorar. El lamento ablanda mis angustias.

Frente a mí están las plantas que recién sembré en esta tierra negra y blanda. Cada planta lo habita un sueño. Mis hijos treparán por sus ramas, pensé mientras las plantaba. Pero mis hijos serán mayores cuando los arbolitos crezcan, me respondí de inmediato. No importa. Al menos sabrán que todas las tardes venías a esta tierra para sembrar plantitas. Que te desaparecías de la ciudad para venir a este silencio. Sigue sembrado, me dije.

Eduardo y Ximena vinieron a ayudarme un par de veces. Mi pequeña me ayudó a recoger piedras para ponerlas alrededor de las plantitas mientras Eduardo nadaba en su alberca. Las manitas de mi hija hicieron que las plantas se aferraran a la tierra con más dulzura. Les prodigó sonrisitas y sueños de niña que ama a su padre y quiere demostrarle cuánto le quiere. Iré por agüita, me dijo esa vez. Tomó una cubetita y fue al arroyito. La llenó y vino corriendo para regar la plantita. Llevaba vestidito rojo y unas botitas con las que se veía coqueta. La miré desde mi altura y sonreí. Este momento ya se quedó en su memoria, pensé. Cuando venga por este lugar, recordará cada árbol. Dirá que su padre y ella los plantaron. Llevará a sus hijos y les dirá que su padre era un loquito que hablaba con las plantas. Que, a esa tierra plantada con naranjos, limones, nísperos, aguacates, jacarandas y otros árboles y plantas, su padre venía a pasar horas para deshierbarla. Y hablará de mí y de mis loqueras.

El cielo se nubla, señor K. Está empedrado, me dijo mi abuela Gloria una tarde cuando nos pusimos a mirarlo y las garzas cruzaban el horizonte. El cielo está nublado, le dije. Ella asintió y me abrazó. Está empedrado, dijo. Quizá lo mencionó para que yo no la olvidará y así fue. No la olvido. En ese entonces el cielo tenía un color rojizo y había muchas nubes aborregadas. Mi abuela me abrazó y yo seguí mirando las garzas que volaban en parvadas.

Las chicharras están gritando enloquecidas en aquellos árboles de la esquina. Quieren agua, pienso. Me acerco y las busco con la mirada. Veo una. Es grande. Tiene ojos como de extraterreste. Alas alargadas y transparentes. Leí por ahí que el chirrido lo producen con las alas al frotarlas. Una vez quise enseñarle una chicharra a Eduardo, pero no pudimos. Voló antes de que la descubriéramos en el árbol.

Más allá, por donde están los surcos de cañas, empiezan a encenderse unas luciérnagas. Son bracitas alumbrando la oscuridad. Pienso que son el sueño de los niños. Una tarde que traje a mis hijos, les dije que esperaríamos a que las luciérnagas aparecieran. Fuimos al arroyo y allí nos quedamos hasta que las ranas empezaron a croar. Ximena tomó una de mis manos porque es la manera de comunicarme que se siente segura a mi lado. Eduardo quería irse porque no le gusta la oscuridad. Pero mi pequeña le dijo que no, que esperara. Que no tuviera miedo. Y nos quedamos, señor K.

Minutos después las luciérnagas aparecieron. Chisporroteaban entre el verdor de las cañas. Arriba, en el cielo, las estrellas refulgían. De vez en cuando aparecía un satélite o estrella fugaz. Miramos una. ¡Qué felicidad, señor K! Yo creí que ese momento se quedó en la memoria de mis pequeños. Que, de grandes, cuando por casualidad miraran el cielo, se acordarían de mí. El viejo nos llevaba a mirar las estrellas, pienso que dirán.

Ya es de noche, señor K. El viento se mueve entre los árboles y los pájaros dejaron de cantar. Los cerros son moles en el horizonte. Titanes que resguardan el sueño de la humanidad. Tanto silencio me espanta. Se ablandan mis emociones. También mis lágrimas y empiezo a llorar. Lloro porque a estas horas de la noche estoy solo en esta tierra donde recién planté árboles de mango y plátanos. La inmensidad del universo salpicada de miles de estrellas y la oscuridad que me rodea hacen que me sienta chiquito. Un grano de arena en una playa inmensa.

Limpio mis lágrimas y voy a sentarme en el tronco de una papausa. Desde aquí oigo el rumor del arroyo corriendo hacia los cañaverales. El viento, más frío, me hace tiritar y suspiro. Estar solo es abandonarse en brazos de la naturaleza, pienso mientras siento un calor que me recorre de pies a cabeza. Sonrío. Es la fuerza de los árboles que vienen en mi ayuda, pienso. No estás solo, imagino una vocecita que me habla. Me levanto y contemplo los arbolitos que recién planté y sonrío. Los acaricio con la mano y pienso que la felicidad también está en el llanto. Sonrío y subo al coche para volver a la ciudad.

Compruebe también

Recordando al maestro Eduardo Galeano

Juan Manuel Reyes Fue el día anterior a la Cumbre de las Américas, 18 abril ...